¡Qué dicha me ha sido dada!
Habitar el mar,
no junto a él
sino dentro de su latido.
Despertar con la sal en la mirada,
oler las olas antes de verlas,
escuchar cómo el agua,
-poderosa demiurga inconsciente-,
va acariciando maravillas.
El mundo avanza con las alas de Ícaro,
que se fundirán
en el fuego de los implacables
relojes.
Las ciudades se acercan
Y se alejan
como islas de rostros nuevos,
puertos donde la vida
me desvela mil máscaras.
Y entre cubierta y horizonte
aprendo la antigua hermandad del viaje.
Nuevos amigos
mirándonos a los ojos,
ofreciendo acogedores
verdades entre líneas,
almas que se descubren
y comparten la profundidad
de las mismas aguas…,
aunque sólo sea
en un breve punto de la línea del tiempo
efímero.
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