A Milan Kundera, in memoriam.
Y a la fértil costilla de Adán…
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Hoy desperté
extrañamente enajenado.
Lo digo, porque, al abrir la puerta
a la gélida, juliana
mañana santafesina
y ya con rumbo al destino diario
en este invernal y neblinoso
paisaje urbano,
no vi sino humanas (eso creo)
e informes siluetas, desgalichadas,
estrenando toscos pasos
(oxidados unos, fluidos otros),
ensayando caminatas callejeras
como una cohorte singular
de esqueletos erectos descarnados;
como un indefinido conjunto
de huesos humosos
prestos a enfrentar
(más que desnudos)
la codicia y los afanes (acuciosos)
de las afrentas diarias...
Palpé mis huesos
y estaban todos...
Menos uno.
Y me fui inmerso
(sumergido) como
en el trigo la cizaña,
arrebollado y confundido
por la estéril (cual necia)
existencia cotidiana.

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