Un día de mil novecientos sesentaicuatro
la
belleza
ya herida
sangró
fatalidad…
Desde
entonces
asaltó
salones y galerías
torció
pinceles punzones y lentes
para
pegar en un muro
la
escarcha nuda y vacía
de
una banana podrida
sobre
el viejo urinario de Duchamp
entre
tripas de tiburón
e incisivos
de cocodrilos dorados…
Por
ahí sigue andando
en
espacios repletos de luz neón
en la
enredadera de subastas grises
como sombras
de esquina
rumiando
voces de espanto…
Una
mañana de un mil novecientos sesentaicuatro
la
belleza murió
mutilada
en partes
bajo los
golpes de un espléndido martillo de mármol …