Amanece despacio,
porque sé
que no hay prisa
cuando el mar respira tan cerca.
La luz se cuela en mi cama,
sin permiso,
tibia, dorada, líquida,
y me cubre la piel
como un secreto compartido.
El sol todavía no ciega,
ilumina y acaricia,
se posa en mis hombros,
se desliza por la espalda,
se enreda en las sábanas
que aún saben a noche.
El mar, ahí fuera,
late con un pulso antiguo,
salado y sinuoso
que invita a dejarse llevar.
Entre la brisa y la luz
una marea mínima mece la mañana,
mi cuerpo amanece sensual,
reviviendo
lo que nunca olvidó del todo:
que hay instantes
en los que existir
es simplemente
calor y piel.
Y mientras,
el horizonte se abre
como un abanico de promesas.
0 comentarios :
Publicar un comentario