A vosotros, mis compañeros
Desde
mi ventana os mando un abrazo,
que
viaja en palabras y en una brisa
que
se desprende de mis pensamientos…
—como
si el viento hubiese aprendido
a
recordar—
Tal
vez os acaricio con el lenguaje,
aquel
que vosotros tocasteis ayer
o
en el que fuimos entonces,
y
que permanece intacto en mi memoria,
en
semillas de luz.
Os
nombro en un susurro interior,
y
aparecéis en mí, con andar intacto,
ayudando
al mundo social —como siempre—
con
ese amor enorme e indescriptible
que
se hizo nutriente en mi vida.
Esta
brisa os llegará con mi ser,
y
aunque apenas os roce en la distancia,
crece
como el universo a nuestro lado,
ese
que se expande sin descanso
en
sueños, a cada instante y cada día.
Hoy,
las hojas del otoño
caen
dentro de mí,
como
si el tiempo fuese un árbol invertido,
y
cada recuerdo, una nostalgia
que
quisiera quedarse eternamente.
Entonces…
siento mis ramas,
—brazos
y piernas que duelen—
y
se extienden hacia vosotros
cada
atardecer y cada mañana,
en
abrazos que el aire no sabe traducir.
Hoy,
sí, desde esta lejanía —que es ida y eco—,
os
toco con lo único que no envejece,
con
esta brisa que insiste y regresa,
que
os encuentra allí, en la distancia,
y
entra en mi memoria, como un tesoro perfecto.
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