Este mar, que alberga todos los mares,
respira en
la penumbra.
No sabe
que es también amanecer y despedida
y repite,
desde hace milenios,
gestos de
eternidad.
Hoy el
horizonte se abre como una página incendiada.
Una línea
de fuego escribe el primer verso del día
mientras
el cielo, paciente copista del infinito,
borra con
luz los últimos signos de la noche.
Allí,
suspendida en la altura,
queda
ella,
no es la
poderosa dueña del cielo,
es apenas
un vestigio, una coma de plata
en el
largo manuscrito del firmamento.
Pienso
entonces —como quizá habría pensado Borges—,
que todos
los amaneceres del mundo
son el
mismo amanecer que se reinventa
en mares
distintos y en tiempos diferentes.
Pienso
entonces que esa luna tan leve
no se
despide del cielo,
sólo
enseña
que
también la eternidad necesita
una
pequeña cicatriz de luz para ser creída.
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