Anoche dormiste conmigo.
Tu rostro se hizo compañero
de mi pesadilla.
Eras tú quien en mí
revivías la destrucción de Armero.
Ante mis ojos un panorama apocalíptico.
Sangre y más sangre
en un lodazal dantesco.
Cuerpos en destrozo.
Desnudos, cercenados, desvalidos, horrorizados.
Fantasmas entre cenizas.
Gritos y alaridos a la deriva.
Nada escapó a tu vista, recordada Omaira.
Eras giroscopio frente a la desgracia.
Tragedia vaticinada.
Lánguida tu mirada.
Tus lágrimas se fundieron con las mías.
Inundaron mi sueño.
Navegaron tu historia.
Una cara de niña de tan sólo 10 añitos
se hundía en el fango.
Tus días de infierno
se sucedían bajo la inclemencia de un férvido sol
y el pánico de la oscuridad de noches eternas.
El silencio de la muerte rondaba.
Los buitres acechaban.
Impotente, la tierra te reclamaba.
Tus rizos indicaban que anhelabas jugar,
vivir, soñar y ¡qué sé yo!
Tus deseos se aliaron a tu aliento.
Implorabas al cielo.
Tu mirar altivo lo decía.
En paralelo Germán Santamaría
observaba tu suplicio.
Se lo narraba a la humanidad.
Serena, escuchabas desde el más allá.
Nos señalabas estar en la luz.
Atrás dejaste el viento del ayer.
Desperté con un halo en el corazón.
Eras tú, pequeña,
quien volvías a mí con una caricia celestial.
Con tu dolor permaneces en mí
Me empino ante él.
Enaltece tu memoria.
De tristezas se empapa el lector.
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