Kuculcán me hizo viento
y llegué con sus plumas
a vislumbrar los océanos.
La mano de Kauil
plantó semillas en la
tierra
y florecimos
hombres, mujeres
y el resto de seres vivos
de distinta condición.
Nüwa hizo lo propio
al otro lado del mundo
y rellenó el agujero del
cielo
y ofreció su cuerpo
para frenar las
inundaciones en la tierra.
Así pudimos crecer y
multiplicarnos.
Odín me introdujo en los
secretos
de la magia y la poesía.
Hoy le canto agradecida.
Sashet, la señora de la
casa de los libros,
acompañó mis dedos
para trazar y descifrar
íntimos glifos.
Yumayá me visitó en el mar
y allí recibí y escucho
atentamente
el mensaje de sus conchas.
Asese ya, insobornable,
me aferra a la tierra
de donde procedo
y a donde siempre vuelvo
y volveré.
Gracias a Sarasvati
escuché
embelesada las melodías
blancas
de la vina
y con ella disfruté de la
música,
y de las claves
de la matemática y el corazón.
Y Afrodita, ¡Ay, Afrodita!
la más arcana y cercana,
la amada y amante por los
siglos.
Mientras Dios, Yaveh y Alá,
los dioses monolíticos,
imperan con fiereza en sus
tronos justicieros,
ella apuntaló su espejo
frente a mí
y la amé
y la amo desde la pubertad
con la fuerza de una
catarata.
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