viernes, 12 de abril de 2024

ÁNIMA MUNDI por NATALIA FERNÁNDEZ DIAZ-CABAL

 Góngora insuflando

sonidos ajenos,

fonéticas que llegan

desde donde el tiempo

teje advertencias.

El gallo cantó al

oscurecer y lo

arrojaron al cielo

roto de las auroras

descastadas.

Que aprenda el castigo

hasta que la sangre

de su canto

cubra de rojo el azogue

y no logremos vernos.

 

Se abre el telón

del teatro.

Y un carrusel a pedales

que resulta vivir

en nuestro pensamiento

juega perversamente

con el gallo.

 

Y el gallo canta

hasta morir,

hasta nacer

en nuestras manos

-si somos capaces

de abrirlas-.

 

Se ha hecho de noche

en la poesía y en

los sonidos,

y las alboradas se

escurren entre las

palabras que

no decimos.

 

Se congela el mundo

en un instante de silencio

mientras los niños,

que ya no son niños,

han sucumbido

a la tentación de la guerra

y detectamos que

ya se ha extinguido

el agua

y, por tanto, lo sagrado.

 

Nada fluye.

 

El hielo amaga escarcha

en los párpados

y el gallo, disecado,

asoma de un promontorio

herido.

Tan lejos de lo que somos,

tan cerca de lo que fuimos.

Una huella dactilar

sin propietario.

La palabra, un cachorro

a nuestros pies.

Y nosotros, ebrios y

desnortados,

en nuestra orfandad

de puertos,

atrapados en el ámbar

de la edad,

dispuestos también

a extinguirnos.

 








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