En la dulce luz al cabo del día,
los abedules se
quedan desnudos, sin hojas,
sus blancos troncos
brillan en la claridad,
los aberos
protegen los crudos
nidales,
sus ramas verdes y
perfumadas
están siempre
listas para acudir en socorro,
el aire se huele
con la fragancia
de la resina.
Los vecinos
encienden hogueras
con hojas
coloreadas,
de vez en cuando un
pájaro
me advierte con su
vuelo;
me acaricia el viento
con sus enormes y
sonoros dedos.
El cielo y las
montañas, -siluetas a lo lejos-,
poseedores del más
profundo silencio,
aguardan por encima
de los dolores del corazón,
mientras tu
pensamiento, bálsamo perfumado,
llama nuevamente a
mi ventana, como antes,
como pidiendo perdón.
Traducción de Luis Raúl
Calvo
